La quebrada
Esta historia es una de las buenas. Es de una mina que me levantó a mi. En serio.
Yo tenía 28 años y estaba en una librería de Corrientes, de noche. No buscaba nada en particular, estaba mirando libros un poco al azar cuando vi las obras completas de Alejandra Pizarnik. Un buen tomo. Leí la contratapa y cuando quise investigar adentro me di cuenta de que estaba cerrado con ese plastiquito que le ponen para que no se ensucien las hojas. Me quede mirandolo un rato, viendo si podía abrir el plástico sin romperlo.
Al lado mío estaba ella, leyendo el único de la pila que no tenía ese plastiquito. Me lo dio casi sin hablar. Previsiblemente, dije gracias y empece a hojearlo.
-Es copado- me dijo.
Yo dije que si con la cabeza.
-Es re-oscuro, muy depresivo. Esta muy bueno.
Yo empecé a sospechar algo, pero no podía dar credito a mis fantasías. Llegue a dudar de que me estuviera hablando a mí. Mire a mi alrrederdor: no había nadie.
-Pasa que está un poco caro, si no lo compraría- insistió.
Ella seguia hablando y yo seguia en silencio. No podía creer que me estuviera hablando a mi. Al final me pregunto por el otro libro que tenía en la mano (una biografía de The Cure) y no me quedo mas remedio que romper la magia. Le hable, y pense que en ese momento todo se acabaría.
Pero no, parece que los Dioses me habían mirado con su ojo borracho y ella hablaba y hablaba. Con una excusa absolutamente inútil me pidió el telefono, asi que fuimos a la caja a pedir una birome y se lo dí. Por supuesto, compré el libro de Pizarnik. Nos fuimos caminando por Corrientes un par de cuadras y nos despedimos.
A la semana la llamo y me entero de que la había atropellado un auto. Le habían quebrado una pierna y tenía una cicatriz horrible. Hablamos varias veces mas hasta que pudo incorporarse y caminar y entonces me invitó a su casa. Vivía en Constitución, con sus padres. Apenas tenía 18 años y estudiaba abogacía. Me mostró su biblioteca y hablamos un poco de literatura. Ella sabía de que hablaba, y yo no sabía que hacía en esa casa.
En esa época yo estaba metido en fotografía, y acababa de ganar un concurso municipal para nuevas tendencias o algo así, así que tenía mis fotos colgadas en un teatro de la calle Cordoba. Como se acercaba el momento de descolgar, la invité al cierre de la muestra. El viejo juego de deslumbrar a la presa desde el lugar del artista moderno.
Después fuimos a mi departamento, y como mi fetichismo por las heridas insistía en querer sacarle fotos a su cicatriz, se sacó los pantalones. Así, sin ningun prologo. Era una delicia. Cuarenta y cinco kilos dentro de un cuerpo de 18 años. La cicatriz le corría desde la cadera hasta casi la rodilla. Se la habían hecho los medicos para meterle en el fémur una placa de metal, así que era una cicatriz prolija, con los puntos de la costura correctamente espaciados. Un lujo. Nos acostamos y yo no podía dejar de mirarle la pierna lastimada. Nunca llegue a sacarle fotos, pero qué ganas hubiera tenido.
Despues de esa vez no la vi mas. La llamé un par de veces, pero parece que los dioses ya no estaban tan borrachos.
Yo tenía 28 años y estaba en una librería de Corrientes, de noche. No buscaba nada en particular, estaba mirando libros un poco al azar cuando vi las obras completas de Alejandra Pizarnik. Un buen tomo. Leí la contratapa y cuando quise investigar adentro me di cuenta de que estaba cerrado con ese plastiquito que le ponen para que no se ensucien las hojas. Me quede mirandolo un rato, viendo si podía abrir el plástico sin romperlo.
Al lado mío estaba ella, leyendo el único de la pila que no tenía ese plastiquito. Me lo dio casi sin hablar. Previsiblemente, dije gracias y empece a hojearlo.
-Es copado- me dijo.
Yo dije que si con la cabeza.
-Es re-oscuro, muy depresivo. Esta muy bueno.
Yo empecé a sospechar algo, pero no podía dar credito a mis fantasías. Llegue a dudar de que me estuviera hablando a mí. Mire a mi alrrederdor: no había nadie.
-Pasa que está un poco caro, si no lo compraría- insistió.
Ella seguia hablando y yo seguia en silencio. No podía creer que me estuviera hablando a mi. Al final me pregunto por el otro libro que tenía en la mano (una biografía de The Cure) y no me quedo mas remedio que romper la magia. Le hable, y pense que en ese momento todo se acabaría.
Pero no, parece que los Dioses me habían mirado con su ojo borracho y ella hablaba y hablaba. Con una excusa absolutamente inútil me pidió el telefono, asi que fuimos a la caja a pedir una birome y se lo dí. Por supuesto, compré el libro de Pizarnik. Nos fuimos caminando por Corrientes un par de cuadras y nos despedimos.
A la semana la llamo y me entero de que la había atropellado un auto. Le habían quebrado una pierna y tenía una cicatriz horrible. Hablamos varias veces mas hasta que pudo incorporarse y caminar y entonces me invitó a su casa. Vivía en Constitución, con sus padres. Apenas tenía 18 años y estudiaba abogacía. Me mostró su biblioteca y hablamos un poco de literatura. Ella sabía de que hablaba, y yo no sabía que hacía en esa casa.
En esa época yo estaba metido en fotografía, y acababa de ganar un concurso municipal para nuevas tendencias o algo así, así que tenía mis fotos colgadas en un teatro de la calle Cordoba. Como se acercaba el momento de descolgar, la invité al cierre de la muestra. El viejo juego de deslumbrar a la presa desde el lugar del artista moderno.
Después fuimos a mi departamento, y como mi fetichismo por las heridas insistía en querer sacarle fotos a su cicatriz, se sacó los pantalones. Así, sin ningun prologo. Era una delicia. Cuarenta y cinco kilos dentro de un cuerpo de 18 años. La cicatriz le corría desde la cadera hasta casi la rodilla. Se la habían hecho los medicos para meterle en el fémur una placa de metal, así que era una cicatriz prolija, con los puntos de la costura correctamente espaciados. Un lujo. Nos acostamos y yo no podía dejar de mirarle la pierna lastimada. Nunca llegue a sacarle fotos, pero qué ganas hubiera tenido.
Despues de esa vez no la vi mas. La llamé un par de veces, pero parece que los dioses ya no estaban tan borrachos.

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