Saturday, November 04, 2006

La francesa

Virginie. Que pedazo de mujer. Francesa, elegante, pelo lacio y ojos mas dulces que Bambi. Digamos que con ella aprendí lo que significa ser un boludo. Así de simple. Con un par de palabras consiguió enseñarme en una sola noche que yo no era ni remotamente el titán que pensaba que era. Así aprendí a no creerme ni un poquito eso de que el hombre la tiene reclara y domina la situación.
La conocí en el Living, bailaba con alguien, me acerqué, empezamos a bailar los tres, ella hacía lo que quería y yo ponía cara de superado. La tomé como un desafío, a mi no podían ganarme esa noche. Estaba en mi mejor estado o eso creía. Pobre de mí.
El tema es que al final conseguí sacarle un teléfono y la promesa de vernos otro día. Internamente pensaba que estaba muerta, que no hacía falta más que un llamado y listo. Algo de razón tenía: la mina quería que yo la llame, pero de ahí en mas todo lo que propuse, hice y elegí estuvo equivocado.
Empecé por decirle que nos vieramos otra vez en el Living. Me dijo que en el Living no se podía pasar la primera noche con alguien a quien querías conocer, así que propuso ir a cenar. Uno a cero para ella. Lo tomé como un piropo, pero no me dí cuenta que de ahí en mas la iniciativa ya no era mía. ¡Y yo que pensaba que la estaba matando!

No sé adonde le dije de ir a cenar, pero seguro fue un lugar pedorro. No es que no supiera elegir lugares, pero el de ella estuvo mejor: propuso Morizono, un restaurante japonés que estaba en auge. Dos a cero para ella…
- No vengas en pollera, te paso a buscar con la moto- le dije. Supuse que moriría ante esta idea. Despues de todo ella ya conocía mi moto, y era una moto imponente, una de esas street-bike japonesas que cortaban el asfalto.
- Dejá la moto, te paso a buscar yo- dijo ella reduciendome a una pelusa.
En ese momento empecé a sospechar algo, así que dije un seco “ok”, arreglamos horarios y lugares (en realidad ella impuso el horario y el lugar) y a la hora indicada apareció con una cupé Renault 19 que en esa época era un auto para darse vuelta. Por supuesto, vino con una pollera de la que no me arrepentí. La cupé también estaba linda, por supuesto.

Llegamos a Morizono y descubrí de la peor forma mi total desconocimiento de la comida japonesa. Esperaba encontrarme con algún pescado, sushi, timbales de arroz y verdura, esas cosas. Pero ni siquiera podía pronunciar bien el nombre de la comida.
Al final ella dijo “a vos te va a gustar esto” y pidió un pescado raro con salsa de gengibre y pure de no se que, exquisito.
Eso sí, el vino lo elegí yo. Equivocado, por supuesto. Ni bien pronuncie la palabra “blanco” me miró con pena y me explicó didacticamente que la salsa de gengibre va mejor con vinos rosados. Que se yo, lo dijo con tanta seguridad que ni me defendí. En ese punto estaba tan sorprendido de que se me adelante a cada movimiento que simplemente me rendí.
- Nena, desde acá la noche es tuya, vos manejás- dije. Me dispuse a trabajar la situación desde el lugar de perdedor, sabiendo que así es mas facil disimular las derrotas. Un perdedor asumido no puede seguir perdiendo más todavía
- Acordate que el hombre sos vos- fue su lapidaria respuesta. Yo quise escondeme abajo del mantel y lustrarle los zapatos con la lengua. Así estaba ¿Dijimos 4-0? A esa altura yo había perdido la cuenta.
Pidió el vino en frances, pero como era francesa no lo ví como algo raro. Era su obligación.
- Hablame en francés- le dije para hablar de algo.
- ¿Vos pensás que yo soy una cajita de música?- respondió. No volvió a hablar en francés en toda la noche. Tuve que conformarme apenas con sus erres arrastradas.

Lo peor es que todo esto me lo decía con su carita angelical, con su mejor sonrisa, con su mejor onda. Si algo estaba claro es que yo le caía bien, pero yo pensaba que para caerle bien tenía que “hacer” algo. Totalmente equivocado, yo no estaba entendiendo nada. Ella había decidido que cosa iba a hacer conmigo antes de que yo pensara en respirar.

Después de la cena fuimos al Living. Ahí yo jugaba de local, no podía fallar. Insitía con lo mismo: tenía que recuperar puntos sí o sí. Lo estúpido que puede ser el hombre a veces no tiene límite: ella ni siquiera estaba jugando el partido.
Ni bien entramos fui a la barra a pedir algo. Ella no quería nada, así que se sentó en un sillón mirando (supongo que divertida) mi patética actuación tratando de parecer un ganador. Volví al sillón con mi vodka. Hablamos de cosas, ella estaba radiante y yo supuse que las cosas se estaban emparejando (¿había algo para emparejar?) hasta que en un momento se levantó, fue a la barra, pidió algo y al rato apareció el barman con un balde, un vino blanco frappè del Rhin y dos copas.
- Apurate con ese vodka que te enseño a tomar- dijo guiñandome un ojo. Mi sonrisa de bobo debe haber sido impagable. No sabía si odiarla o amarla para siempre.
Terminé mi vodka, y ya mareado enfrenté el vino. El sillón estab bien ubicado, discreto, en una zona con poca luz. Las copas brillaban y yo, entre mareado y entregado a su dominio, pensaba que más bajo no podía llegar, que ya estaba jugado y que así y todo los Mil Diablos del Infierno me estaban dando una mano: ella no se iba, y hasta parecía que quería quedarse conmigo.
Estuvimos así una hora, hablándonos, mirandonos, cazándonos. Copa contra copa, frente contra frente, nariz con nariz. Su pelo era el mas hermoso del salón, y yo me sentía difinitivamente en mi lugar.
Mientras sonreía como sólo saben hacer las mujeres que te duelen, se recostó hacia atrás en el sillon.
-¿Cuánto tiempo más vas a tardar en sacarme de acá? –dijo.
Yo intuí un principio de fastidio. Me dí cuenta de todo en ese segundo y pedí a esos Mil Diablos del Infierno que me permitan apenas una última carta. Me quedé frío, pensando en lo lento que había sido mi juego, en lo estúpido que había sido pensando en estrategias cuando la carrera estaba ganada desde antes de largar.
Fin de la noche, estaba cazando en el zoológico y ni me había dado cuenta.
No hablé mas, dejamos las copas y fuimos a su auto. Esta vez me dio las llaves. Un rato después estaba diciendome cosas al oído. En francés. Su pelo seguía tan perfumado como siempre.

A la mañana siguiente puso en el bolsillo de mi campera una foto de ella, escrita atrás en un francés imposible de leer.
Nunca más la ví. A veces pienso que tan mal no me fue.

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