Sunday, December 10, 2006

La informática

Esta debe haber sido una de mis historias mas cortas. Ella trabajaba en algo realcionado a Sistemas o algo así, nunca llegue a entenderlo bien. No nos dimos ni siquiera el tiempo para contarnos esas cosas. Si recuerdo su nombre es simplemente porque era un nombre raro. Fue la única Carla que me crucé en mi vida.
La conocí en El Living una noche como cualquier otra. Era muy chiquita, flaca, con una buena sonrisa de labios gruesos y unos ojos como dos cuchillas afiladas.
Estaba en la pista, y como ignorandola al mejor estilo histérico empecé a bailar al lado de ella. Se enganchó con mi coreografía irresistible, tal como estaba planeado en mis más optimistas fantasías ¡Por fin algo me salía bien!. Hablamos un rato (lo poco que afortunadamente puede hablarse en una disco) y nos reímos por tener puesta la misma remera: blanca de algodón, lo que podríamos llamar una configuración básica. Para que negarlo: ella además tenía un pantalón beige de esos que justifican darse vuelta en mitad de una avenida.
Este día se festejaba el Día del Amigo, así que mientras la cámara de video del boliche buscaba gente para retratar, a alguien se le ocurrió la buena idea de llamarnos para posar en una toma que despues se proyectaría en una pantalla gigante del lugar. Pusimos nuestra mejor cara de inocentes (nos habíamos conocido hacía unos minutos nomás) y así aparecimos en la pantalla. Nos reímos mucho de nuestras propias caras destruidas por el calor (en realidad de mi propia cara destruída por el calor) y con esa excusa la saqué de la disco y la llevé a uno de los sillones mas cómodos del fondo. Es así: esa noche yo estaba en ganador y a un ganador se le dan todas, incluso conseguir un sillón libre con buena ubicación. 100% actitud.
Para resumir: nos pasamos telefonos y mails y durante la semana le escribí una de esas historias que desmayan corazones. Pero ella no tenía corazón, así que no se desmayó. Recordando aquello de 100% actitud la llamé y conseguí que acepte vernos una vez mas.
Nos encontramos en un bar de Canning y Santa Fe. Recuerdo que mientras la esperaba yo leía El banquete de Severo Arcangelo de Leopoldo Marechal. Despues de todo yo era un intelectual, le guste o no.

Finalmente llegó al bar y el bar se dio vuelta para mirar sus pantalones mientras yo me hinchaba como un sapo orgulloso. Fuimos a cenar a Piola, que en esa época estaba de moda y era lo más fashion que se podía pedir.
Pero la escena que representé fue de lo más patética que puedan imaginar: no tenía reserva de mesa, pero como conocía a alguien que me ubicaba sin problemas ni me preocupé. El detalle fue que esa noche la única mesa disponible era una mesa redonda para seis personas, así que nos acomodaron en esa mesa gigante a ella, a mi y a una pizza que, por mas fashion y glamorosa que sea, era una simple pizza con dos platos. Pedí un vino blanco solo para que me traigan un balde con hielo y así llenar un poco más la mesa.
A nuestro alrrededor los grupos reían y disfrutaban su noche, mientras yo pretendía una cena íntima sin conseguirlo. Encima tuve que agradecer que me hayan conseguido ubicación…

La cosa estaba lo suficientemente fría como para merecer ser abandonada en ese punto, pero para que el fracaso sea total despues de esa cena atroz fuimos a mi casa, nos portamos como dos adultos que hacen lo que tienen que hacer y a otra cosa.
El próximo llamado fue de ella para decirme frontalmente que no tenía sentido que nos sigamos viendo, que estaba todo bien pero que era inútil perder más tiempo. Todo dicho con su sonrisa de labios gruesos y su mirada de cuchillas traspasando mi corazón.

Cuando colgué el teléfono me tiré en la cama con la luz apagada. Recordé que ella tenía un lunar en el labio que no me gustaba para nada. Al final, casi ni merecía la película que me había armado. Así fue como la olvidé, hasta hoy que insisto en recordarla.

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