Sunday, October 29, 2006

La artista

No me pregunten como se llamaba. Fue una de esas cosas de una noche y nunca más. Estabamos en El Living mi amigo y yo, bailando con la mirada de cazador atenta cuando entre la multitud detectamos una remera celeste ajustada, con un buen cuerpo adentro y una cara más que agradable arriba. Pero lo mejor era la forma de su boca, perfecta, llena de dientes blancos y con una sonrisa capaz de exitar a un monje. Mi amigo atacó, como casi siempre, pero esa noche yo estaba demasiado luminoso como para dejarme pasar.
El amor propio nacido de las ganas de ganarle la presa me inspiró, y con uno de mis famosos movimientos de hombro-brazo-pierna (el conocido paso house) me puse al lado de ellos hasta que quedó evidente que ese lugar era mío. Mi amigo hizo un par de intentos más, pero cuando ella me miró fijo suplicando “sacame a este boludo de encima” se dio por vencido. La noche era mía, y ella también.

Pero era Jueves. Y el viernes yo entraba al laburo a las seis de la mañana. Así que a eso de las cinco lo dije que me tenía que ir y la acompañé hasta su casa en taxi.
-Bajá que tomamos algo- escuché que me decia cuando casi estaba dispuesto a despedirme.

Acá es necesario hacer un paréntesis para explicar un poco la situación. La mina era ilustradora y trabajaba en una revista feminista de esas que no venden ni un número. Para conseguir algo mas de guita daba clases de dibujo en un taller compartido con mas gente. Como el lugar era grande y tenía onda con el dueño del taller, algunas noches se quedaba a dormir ahí escapando del quilombo de su casa. Ahora estabámos en la puerta del taller, y ella, después de una noche donde hicimos todo lo que se puede hacer en El Living, me estaba invitando a tomar algo ahí adentro, solos, rodeados de cuadros, pinturas, estatuas, cosas.

-Mirá, prefiero irme porque si entro nos vamos a colgar y voy a llegar tarde al laburo- le dije. Yo estaba convencido de que la mina estaba conmigo a muerte, y que si no era hoy era mañana. Estaba muy convencido de ser un ganador. Primer error.
-Pero dale, un ratito, tomás un te y te vas- insistió.
-No, en serio, me tengo que ir.
-Son quince minutos. Un te y te vas.
-No, yo me conozco. Me voy a colgar y se van a hacer las diez de la mañana.
-Y bueno, colgate y que se hagan las diez de la mañana- insistió ella, sonriendo con todos los dientes y aparentemente sin dase cuenta del boludazo que tenía enfrente.
El taxista miraba por el espejito de reojo.
-No, no, me voy. Te llamo el fin de semana y hacemos algo.
-…
-En serio, me voy. Te llamo mañana.
-¿Seguro que no querés pasar? Mirá que no hay nadie, no tengas miedo.
-No, me voy.

Y me fui. Durante el viaje a mi casa el tachero no hacía mas que decirme lo fuerte que estaba la mina, de insistirme para que me hubiera quedado, de convencerme de volver. Yo con toda mi luminosidad me reía y le explicaba que estaba todo bien, que la mina estaba conmigo y que prefería no perder el premio de asistencia en el laburo.
Imaginense el final.

La llamé a los dos días y me dijo que no me conocía, que nunca había escuchado hablar de mí y que de hecho ella nunca habá estado en El Living ese Jueves. Y todo con una sonrisa gigante donde le brillaban todos los dientes.

Saturday, October 28, 2006

La quebrada

Esta historia es una de las buenas. Es de una mina que me levantó a mi. En serio.
Yo tenía 28 años y estaba en una librería de Corrientes, de noche. No buscaba nada en particular, estaba mirando libros un poco al azar cuando vi las obras completas de Alejandra Pizarnik. Un buen tomo. Leí la contratapa y cuando quise investigar adentro me di cuenta de que estaba cerrado con ese plastiquito que le ponen para que no se ensucien las hojas. Me quede mirandolo un rato, viendo si podía abrir el plástico sin romperlo.
Al lado mío estaba ella, leyendo el único de la pila que no tenía ese plastiquito. Me lo dio casi sin hablar. Previsiblemente, dije gracias y empece a hojearlo.

-Es copado- me dijo.
Yo dije que si con la cabeza.
-Es re-oscuro, muy depresivo. Esta muy bueno.
Yo empecé a sospechar algo, pero no podía dar credito a mis fantasías. Llegue a dudar de que me estuviera hablando a mí. Mire a mi alrrederdor: no había nadie.
-Pasa que está un poco caro, si no lo compraría- insistió.

Ella seguia hablando y yo seguia en silencio. No podía creer que me estuviera hablando a mi. Al final me pregunto por el otro libro que tenía en la mano (una biografía de The Cure) y no me quedo mas remedio que romper la magia. Le hable, y pense que en ese momento todo se acabaría.
Pero no, parece que los Dioses me habían mirado con su ojo borracho y ella hablaba y hablaba. Con una excusa absolutamente inútil me pidió el telefono, asi que fuimos a la caja a pedir una birome y se lo dí. Por supuesto, compré el libro de Pizarnik. Nos fuimos caminando por Corrientes un par de cuadras y nos despedimos.

A la semana la llamo y me entero de que la había atropellado un auto. Le habían quebrado una pierna y tenía una cicatriz horrible. Hablamos varias veces mas hasta que pudo incorporarse y caminar y entonces me invitó a su casa. Vivía en Constitución, con sus padres. Apenas tenía 18 años y estudiaba abogacía. Me mostró su biblioteca y hablamos un poco de literatura. Ella sabía de que hablaba, y yo no sabía que hacía en esa casa.
En esa época yo estaba metido en fotografía, y acababa de ganar un concurso municipal para nuevas tendencias o algo así, así que tenía mis fotos colgadas en un teatro de la calle Cordoba. Como se acercaba el momento de descolgar, la invité al cierre de la muestra. El viejo juego de deslumbrar a la presa desde el lugar del artista moderno.

Después fuimos a mi departamento, y como mi fetichismo por las heridas insistía en querer sacarle fotos a su cicatriz, se sacó los pantalones. Así, sin ningun prologo. Era una delicia. Cuarenta y cinco kilos dentro de un cuerpo de 18 años. La cicatriz le corría desde la cadera hasta casi la rodilla. Se la habían hecho los medicos para meterle en el fémur una placa de metal, así que era una cicatriz prolija, con los puntos de la costura correctamente espaciados. Un lujo. Nos acostamos y yo no podía dejar de mirarle la pierna lastimada. Nunca llegue a sacarle fotos, pero qué ganas hubiera tenido.

Despues de esa vez no la vi mas. La llamé un par de veces, pero parece que los dioses ya no estaban tan borrachos.