La artista
No me pregunten como se llamaba. Fue una de esas cosas de una noche y nunca más. Estabamos en El Living mi amigo y yo, bailando con la mirada de cazador atenta cuando entre la multitud detectamos una remera celeste ajustada, con un buen cuerpo adentro y una cara más que agradable arriba. Pero lo mejor era la forma de su boca, perfecta, llena de dientes blancos y con una sonrisa capaz de exitar a un monje. Mi amigo atacó, como casi siempre, pero esa noche yo estaba demasiado luminoso como para dejarme pasar.
El amor propio nacido de las ganas de ganarle la presa me inspiró, y con uno de mis famosos movimientos de hombro-brazo-pierna (el conocido paso house) me puse al lado de ellos hasta que quedó evidente que ese lugar era mío. Mi amigo hizo un par de intentos más, pero cuando ella me miró fijo suplicando “sacame a este boludo de encima” se dio por vencido. La noche era mía, y ella también.
Pero era Jueves. Y el viernes yo entraba al laburo a las seis de la mañana. Así que a eso de las cinco lo dije que me tenía que ir y la acompañé hasta su casa en taxi.
-Bajá que tomamos algo- escuché que me decia cuando casi estaba dispuesto a despedirme.
Acá es necesario hacer un paréntesis para explicar un poco la situación. La mina era ilustradora y trabajaba en una revista feminista de esas que no venden ni un número. Para conseguir algo mas de guita daba clases de dibujo en un taller compartido con mas gente. Como el lugar era grande y tenía onda con el dueño del taller, algunas noches se quedaba a dormir ahí escapando del quilombo de su casa. Ahora estabámos en la puerta del taller, y ella, después de una noche donde hicimos todo lo que se puede hacer en El Living, me estaba invitando a tomar algo ahí adentro, solos, rodeados de cuadros, pinturas, estatuas, cosas.
-Mirá, prefiero irme porque si entro nos vamos a colgar y voy a llegar tarde al laburo- le dije. Yo estaba convencido de que la mina estaba conmigo a muerte, y que si no era hoy era mañana. Estaba muy convencido de ser un ganador. Primer error.
-Pero dale, un ratito, tomás un te y te vas- insistió.
-No, en serio, me tengo que ir.
-Son quince minutos. Un te y te vas.
-No, yo me conozco. Me voy a colgar y se van a hacer las diez de la mañana.
-Y bueno, colgate y que se hagan las diez de la mañana- insistió ella, sonriendo con todos los dientes y aparentemente sin dase cuenta del boludazo que tenía enfrente.
El taxista miraba por el espejito de reojo.
-No, no, me voy. Te llamo el fin de semana y hacemos algo.
-…
-En serio, me voy. Te llamo mañana.
-¿Seguro que no querés pasar? Mirá que no hay nadie, no tengas miedo.
-No, me voy.
Y me fui. Durante el viaje a mi casa el tachero no hacía mas que decirme lo fuerte que estaba la mina, de insistirme para que me hubiera quedado, de convencerme de volver. Yo con toda mi luminosidad me reía y le explicaba que estaba todo bien, que la mina estaba conmigo y que prefería no perder el premio de asistencia en el laburo.
Imaginense el final.
La llamé a los dos días y me dijo que no me conocía, que nunca había escuchado hablar de mí y que de hecho ella nunca habá estado en El Living ese Jueves. Y todo con una sonrisa gigante donde le brillaban todos los dientes.
El amor propio nacido de las ganas de ganarle la presa me inspiró, y con uno de mis famosos movimientos de hombro-brazo-pierna (el conocido paso house) me puse al lado de ellos hasta que quedó evidente que ese lugar era mío. Mi amigo hizo un par de intentos más, pero cuando ella me miró fijo suplicando “sacame a este boludo de encima” se dio por vencido. La noche era mía, y ella también.
Pero era Jueves. Y el viernes yo entraba al laburo a las seis de la mañana. Así que a eso de las cinco lo dije que me tenía que ir y la acompañé hasta su casa en taxi.
-Bajá que tomamos algo- escuché que me decia cuando casi estaba dispuesto a despedirme.
Acá es necesario hacer un paréntesis para explicar un poco la situación. La mina era ilustradora y trabajaba en una revista feminista de esas que no venden ni un número. Para conseguir algo mas de guita daba clases de dibujo en un taller compartido con mas gente. Como el lugar era grande y tenía onda con el dueño del taller, algunas noches se quedaba a dormir ahí escapando del quilombo de su casa. Ahora estabámos en la puerta del taller, y ella, después de una noche donde hicimos todo lo que se puede hacer en El Living, me estaba invitando a tomar algo ahí adentro, solos, rodeados de cuadros, pinturas, estatuas, cosas.
-Mirá, prefiero irme porque si entro nos vamos a colgar y voy a llegar tarde al laburo- le dije. Yo estaba convencido de que la mina estaba conmigo a muerte, y que si no era hoy era mañana. Estaba muy convencido de ser un ganador. Primer error.
-Pero dale, un ratito, tomás un te y te vas- insistió.
-No, en serio, me tengo que ir.
-Son quince minutos. Un te y te vas.
-No, yo me conozco. Me voy a colgar y se van a hacer las diez de la mañana.
-Y bueno, colgate y que se hagan las diez de la mañana- insistió ella, sonriendo con todos los dientes y aparentemente sin dase cuenta del boludazo que tenía enfrente.
El taxista miraba por el espejito de reojo.
-No, no, me voy. Te llamo el fin de semana y hacemos algo.
-…
-En serio, me voy. Te llamo mañana.
-¿Seguro que no querés pasar? Mirá que no hay nadie, no tengas miedo.
-No, me voy.
Y me fui. Durante el viaje a mi casa el tachero no hacía mas que decirme lo fuerte que estaba la mina, de insistirme para que me hubiera quedado, de convencerme de volver. Yo con toda mi luminosidad me reía y le explicaba que estaba todo bien, que la mina estaba conmigo y que prefería no perder el premio de asistencia en el laburo.
Imaginense el final.
La llamé a los dos días y me dijo que no me conocía, que nunca había escuchado hablar de mí y que de hecho ella nunca habá estado en El Living ese Jueves. Y todo con una sonrisa gigante donde le brillaban todos los dientes.
