La abogada III
Cuando me presentaron a Marcela yo ya sabía que mi karma con las abogadas era algo que llevaba pegado a la piel. “Imposible sustraerse del destino” pensé, y la miré como quien mira una cucharada de dulce de leche. Es que esta abogada era realmente linda. Morocha, pelo largo con rulos, cuerpo con mucha gimnasia, piel tensa (tan tensa que parecía dos talles más chica que el cuerpo) y una mirada de perra increíble.
El escenario del encuentro fue un lugar con sillones, y como era Jueves yo estaba recien llegado de la oficina. Lucía mi mejor aspecto de chico de multinacional. En esa época usaba trajes negros, camisas grises y corbatas con puntitos plateados, cosas de la era de las telecomunicaciones.
Mi amigo y su novia de entonces hicieron las presentacioens informales de rigor, y debo confesar que esa noche los Dioses me ayudaron una vez mas: simplemente yo estaba demasiado interesado en mí como para que ella no me mirara. Esas cosas pasan.
Despues de vernos varias veces sin que pase nada (rondándonos como dos submarinos que quieren cazarse) me la encontré bailando con un extranjero en cierta disco que yo frecuentaba. La llamé, y para sorpresa del extranjero (y mía también, para que negarlo) se acercó bailando, puso su mejor perfil y sonrió con esos dientes blanquísimos que tiene algunas morochas. Las luces negras seguro que ayudaban a conseguir ese efecto. Al rato estabamos tomando algo en un lugar alejado de la pista, midiendonos las cinturas. La de ella era un crimen, apretada como estaba en esa malla blanca de Lycra. Hacía calor esa noche.
Para abreviar las partes aburridas de la historia basta decir que, viviendo en Quilmes ella y en Agronomía yo nos fue bastante difícil decidirnos por una casa o la otra. Finalmente fuimos a la mía.
-Desde el momento en que decido sacarme la ropa con alguien, decido crear- dijo ella. Yo me imaginé una galaxia de placer. Y así fue. Pero mejor me callo, mis palabras no harían honor a esa noche y no es de esa noche de lo que quiero hablar.
Por mas que la mujer haga lo que haga, el hombre siempre busca algo mas. Estando con ella en la cama un Domingo a la mañana, yo buscaba desayunar con un amigo viendo una carrera de Formula Uno. Si, confieso que soy un gil.
Para conseguir que mi compañera me deje libre lo antes posible (las carreras de F1 tienen la desagradable costumbre de empezar generalmente a las ocho de la mañana) había arreglado para que mi amigo me llame a la madrugada con alguna excusa desesperada.
Me llamó, por supuesto. Yo, con voz de angustia y desesperacion, contesté.
-No te puedo creer… ¿Cuándo.? No… bueno, bueno, ok,… si si, estoy ahí, como no, que cagada… bueno, no te pongas mal, ya salgo- y colgé el telefono en silencio con mi mejor cara de ausencia.
La reacción de ella fue predecible: curiosidad.
Yo evité hablar claramente del tema, tiré un par de frases por la mitad incluyendo palabras como “amigo-depresion-soledad-peligro” hasta que ella misma dijo “Mirá, yo creo que si te necesita tenes que ir”. Y listo: fin de la actuación, bajada de telón, aplauso del público.
Así que esa noche y alguna noche posterior despaché a la señorita en un remis (que pagaba ella) hasta Quilmes, mientras yo me iba apurado a cierto bar donde un televisor mostraba autitos dando vueltas en una pista.
Pero todo tiene un final. El final de esto fue rapido y doloroso. Salió bien una vez, dos veces, pero el tercer intento ya fue sospechoso. Ella deslizó un comentario irónico, yo hice como que no escuchaba. Se la aguantó una o dos carreras más, pero al final la soga se cortó.
Nuestra última salida fue fatal. Nos encontramos en la disco de costumbre y mientras tomabamos algo yo empecé a evaporarme. Simplemente no quería estar ahí en ese momento. Mi alma cazadora (inútil y estúpida, cavernícola, pero con la fuerza irrefrenable del instinto) me decía que había mas camino adelante. Tenía que dejarla, y trabajé el resto de la noche para eso. La dejé ir mientras sus dientes se apretaban de rabia. Me dijo un par de cosas muy duras, quizás con razón. Mi cara de ausencia lucía mejor que nunca.
Al día siguiente me desmoroné, comprensiblemente. Uno se da cuenta de todo recién al día siguiente. A veces me acuerdo de ella bien, con ganas de más. Pero la carrera ya terminó, para que negarlo.
El escenario del encuentro fue un lugar con sillones, y como era Jueves yo estaba recien llegado de la oficina. Lucía mi mejor aspecto de chico de multinacional. En esa época usaba trajes negros, camisas grises y corbatas con puntitos plateados, cosas de la era de las telecomunicaciones.
Mi amigo y su novia de entonces hicieron las presentacioens informales de rigor, y debo confesar que esa noche los Dioses me ayudaron una vez mas: simplemente yo estaba demasiado interesado en mí como para que ella no me mirara. Esas cosas pasan.
Despues de vernos varias veces sin que pase nada (rondándonos como dos submarinos que quieren cazarse) me la encontré bailando con un extranjero en cierta disco que yo frecuentaba. La llamé, y para sorpresa del extranjero (y mía también, para que negarlo) se acercó bailando, puso su mejor perfil y sonrió con esos dientes blanquísimos que tiene algunas morochas. Las luces negras seguro que ayudaban a conseguir ese efecto. Al rato estabamos tomando algo en un lugar alejado de la pista, midiendonos las cinturas. La de ella era un crimen, apretada como estaba en esa malla blanca de Lycra. Hacía calor esa noche.
Para abreviar las partes aburridas de la historia basta decir que, viviendo en Quilmes ella y en Agronomía yo nos fue bastante difícil decidirnos por una casa o la otra. Finalmente fuimos a la mía.
-Desde el momento en que decido sacarme la ropa con alguien, decido crear- dijo ella. Yo me imaginé una galaxia de placer. Y así fue. Pero mejor me callo, mis palabras no harían honor a esa noche y no es de esa noche de lo que quiero hablar.
Por mas que la mujer haga lo que haga, el hombre siempre busca algo mas. Estando con ella en la cama un Domingo a la mañana, yo buscaba desayunar con un amigo viendo una carrera de Formula Uno. Si, confieso que soy un gil.
Para conseguir que mi compañera me deje libre lo antes posible (las carreras de F1 tienen la desagradable costumbre de empezar generalmente a las ocho de la mañana) había arreglado para que mi amigo me llame a la madrugada con alguna excusa desesperada.
Me llamó, por supuesto. Yo, con voz de angustia y desesperacion, contesté.
-No te puedo creer… ¿Cuándo.? No… bueno, bueno, ok,… si si, estoy ahí, como no, que cagada… bueno, no te pongas mal, ya salgo- y colgé el telefono en silencio con mi mejor cara de ausencia.
La reacción de ella fue predecible: curiosidad.
Yo evité hablar claramente del tema, tiré un par de frases por la mitad incluyendo palabras como “amigo-depresion-soledad-peligro” hasta que ella misma dijo “Mirá, yo creo que si te necesita tenes que ir”. Y listo: fin de la actuación, bajada de telón, aplauso del público.
Así que esa noche y alguna noche posterior despaché a la señorita en un remis (que pagaba ella) hasta Quilmes, mientras yo me iba apurado a cierto bar donde un televisor mostraba autitos dando vueltas en una pista.
Pero todo tiene un final. El final de esto fue rapido y doloroso. Salió bien una vez, dos veces, pero el tercer intento ya fue sospechoso. Ella deslizó un comentario irónico, yo hice como que no escuchaba. Se la aguantó una o dos carreras más, pero al final la soga se cortó.
Nuestra última salida fue fatal. Nos encontramos en la disco de costumbre y mientras tomabamos algo yo empecé a evaporarme. Simplemente no quería estar ahí en ese momento. Mi alma cazadora (inútil y estúpida, cavernícola, pero con la fuerza irrefrenable del instinto) me decía que había mas camino adelante. Tenía que dejarla, y trabajé el resto de la noche para eso. La dejé ir mientras sus dientes se apretaban de rabia. Me dijo un par de cosas muy duras, quizás con razón. Mi cara de ausencia lucía mejor que nunca.
Al día siguiente me desmoroné, comprensiblemente. Uno se da cuenta de todo recién al día siguiente. A veces me acuerdo de ella bien, con ganas de más. Pero la carrera ya terminó, para que negarlo.
