Monday, January 15, 2007

La abogada II

Un negocio. Un buen partido. Si tengo que definir a esta mina, sería así. Andaba en los 33 años (un poco más grande que yo) abogada de una multinacional, sin pareja. Linda cara, simpática, fácil para hablar. Llena de plata. Un poco pasada de peso.
La conocí en unas clases de tango, en el viejo Parakultural. Ella no bailaba, pero a fin de año se hizo una fiesta, la gente invitó a otra gente y ahí apareció ella. Era amiga de alguien, no me pregunten de quien. La cosa es que yo estaba en uno de mis picos de gloria, así que poco me costó convencerla a ella y al resto del grupo de escapar a Cemento a seguir la noche escuchando a no se que grupo electrónico. Fuimos. En su coche, claro.

Ni bien llegamos, entre el resto de la gente se me pierde la presa. No la encontraba por ningún lado. En un momento la veo lejos, de espalda. Me acerco, la abrazo de atrás de una y le beso el cuello. Estaba reloco, no se que impulso me llevó a hacer esa locura pero fue exactamente lo que tenía que hacer. Cayó rendida.
Hablamos tomando vino tinto y cuando le pregunté por su familia se terminó de enamorar. Le gustaba verme como un tipo de hogar, supongo.

La cosa es que terminamos en su departamento, y ni bien entro veo pegada en la heladera una lista de gastos del mes que sumaba el doble de lo que yo ganaba. Un lujo. Con esta mina me paro, dije. Para que. No se me paró ni una vez. ¿Falta de piel, falta de química? No se, la cosa es que una vez en la cama no me motivaba, quizás porque le faltaba cintura, y aunque en algún punto me gustaba no me excitaba ni ahí. Un bajón.
La cosa siguió su curso descendente un par de veces mas. Incluso yo, pensando que era un piola bárbaro, le pedía el auto prestado y me escapaba a corretear mujeres por ahí. Un ganso, bah.

Al final me dí cuenta que la cosa no iba ni para atrás. Un sábado fuimos a Unicenter a hacer unas compras, y mientras ella pagaba la cuenta de mi camisa me dí cuenta que no quería que la vendedora (un chupetín, dicho sea de paso) me vea al lado de esta mina. Y cuando no querés que te vean con tu mina, algo anda mal. Aunque esté llena de oro.
Esa semana le dije de buena manera que la cosa era insostenible, que no había nada que hacer. Me odió tanto que al tiempo, cuando la llamé (yo estaba pasando por una de esas etapas de sequía que me obligaban a recurrir a la agenda de teléfonos viejos) me dijo que se estaba por casar. Fue solo una frase para clavarme bien adentro el puñal.
Y creo que me lo merecía.

Sunday, December 10, 2006

La abogada III

Cuando me presentaron a Marcela yo ya sabía que mi karma con las abogadas era algo que llevaba pegado a la piel. “Imposible sustraerse del destino” pensé, y la miré como quien mira una cucharada de dulce de leche. Es que esta abogada era realmente linda. Morocha, pelo largo con rulos, cuerpo con mucha gimnasia, piel tensa (tan tensa que parecía dos talles más chica que el cuerpo) y una mirada de perra increíble.
El escenario del encuentro fue un lugar con sillones, y como era Jueves yo estaba recien llegado de la oficina. Lucía mi mejor aspecto de chico de multinacional. En esa época usaba trajes negros, camisas grises y corbatas con puntitos plateados, cosas de la era de las telecomunicaciones.
Mi amigo y su novia de entonces hicieron las presentacioens informales de rigor, y debo confesar que esa noche los Dioses me ayudaron una vez mas: simplemente yo estaba demasiado interesado en mí como para que ella no me mirara. Esas cosas pasan.

Despues de vernos varias veces sin que pase nada (rondándonos como dos submarinos que quieren cazarse) me la encontré bailando con un extranjero en cierta disco que yo frecuentaba. La llamé, y para sorpresa del extranjero (y mía también, para que negarlo) se acercó bailando, puso su mejor perfil y sonrió con esos dientes blanquísimos que tiene algunas morochas. Las luces negras seguro que ayudaban a conseguir ese efecto. Al rato estabamos tomando algo en un lugar alejado de la pista, midiendonos las cinturas. La de ella era un crimen, apretada como estaba en esa malla blanca de Lycra. Hacía calor esa noche.

Para abreviar las partes aburridas de la historia basta decir que, viviendo en Quilmes ella y en Agronomía yo nos fue bastante difícil decidirnos por una casa o la otra. Finalmente fuimos a la mía.
-Desde el momento en que decido sacarme la ropa con alguien, decido crear- dijo ella. Yo me imaginé una galaxia de placer. Y así fue. Pero mejor me callo, mis palabras no harían honor a esa noche y no es de esa noche de lo que quiero hablar.

Por mas que la mujer haga lo que haga, el hombre siempre busca algo mas. Estando con ella en la cama un Domingo a la mañana, yo buscaba desayunar con un amigo viendo una carrera de Formula Uno. Si, confieso que soy un gil.
Para conseguir que mi compañera me deje libre lo antes posible (las carreras de F1 tienen la desagradable costumbre de empezar generalmente a las ocho de la mañana) había arreglado para que mi amigo me llame a la madrugada con alguna excusa desesperada.
Me llamó, por supuesto. Yo, con voz de angustia y desesperacion, contesté.
-No te puedo creer… ¿Cuándo.? No… bueno, bueno, ok,… si si, estoy ahí, como no, que cagada… bueno, no te pongas mal, ya salgo- y colgé el telefono en silencio con mi mejor cara de ausencia.
La reacción de ella fue predecible: curiosidad.
Yo evité hablar claramente del tema, tiré un par de frases por la mitad incluyendo palabras como “amigo-depresion-soledad-peligro” hasta que ella misma dijo “Mirá, yo creo que si te necesita tenes que ir”. Y listo: fin de la actuación, bajada de telón, aplauso del público.
Así que esa noche y alguna noche posterior despaché a la señorita en un remis (que pagaba ella) hasta Quilmes, mientras yo me iba apurado a cierto bar donde un televisor mostraba autitos dando vueltas en una pista.

Pero todo tiene un final. El final de esto fue rapido y doloroso. Salió bien una vez, dos veces, pero el tercer intento ya fue sospechoso. Ella deslizó un comentario irónico, yo hice como que no escuchaba. Se la aguantó una o dos carreras más, pero al final la soga se cortó.

Nuestra última salida fue fatal. Nos encontramos en la disco de costumbre y mientras tomabamos algo yo empecé a evaporarme. Simplemente no quería estar ahí en ese momento. Mi alma cazadora (inútil y estúpida, cavernícola, pero con la fuerza irrefrenable del instinto) me decía que había mas camino adelante. Tenía que dejarla, y trabajé el resto de la noche para eso. La dejé ir mientras sus dientes se apretaban de rabia. Me dijo un par de cosas muy duras, quizás con razón. Mi cara de ausencia lucía mejor que nunca.

Al día siguiente me desmoroné, comprensiblemente. Uno se da cuenta de todo recién al día siguiente. A veces me acuerdo de ella bien, con ganas de más. Pero la carrera ya terminó, para que negarlo.

La informática

Esta debe haber sido una de mis historias mas cortas. Ella trabajaba en algo realcionado a Sistemas o algo así, nunca llegue a entenderlo bien. No nos dimos ni siquiera el tiempo para contarnos esas cosas. Si recuerdo su nombre es simplemente porque era un nombre raro. Fue la única Carla que me crucé en mi vida.
La conocí en El Living una noche como cualquier otra. Era muy chiquita, flaca, con una buena sonrisa de labios gruesos y unos ojos como dos cuchillas afiladas.
Estaba en la pista, y como ignorandola al mejor estilo histérico empecé a bailar al lado de ella. Se enganchó con mi coreografía irresistible, tal como estaba planeado en mis más optimistas fantasías ¡Por fin algo me salía bien!. Hablamos un rato (lo poco que afortunadamente puede hablarse en una disco) y nos reímos por tener puesta la misma remera: blanca de algodón, lo que podríamos llamar una configuración básica. Para que negarlo: ella además tenía un pantalón beige de esos que justifican darse vuelta en mitad de una avenida.
Este día se festejaba el Día del Amigo, así que mientras la cámara de video del boliche buscaba gente para retratar, a alguien se le ocurrió la buena idea de llamarnos para posar en una toma que despues se proyectaría en una pantalla gigante del lugar. Pusimos nuestra mejor cara de inocentes (nos habíamos conocido hacía unos minutos nomás) y así aparecimos en la pantalla. Nos reímos mucho de nuestras propias caras destruidas por el calor (en realidad de mi propia cara destruída por el calor) y con esa excusa la saqué de la disco y la llevé a uno de los sillones mas cómodos del fondo. Es así: esa noche yo estaba en ganador y a un ganador se le dan todas, incluso conseguir un sillón libre con buena ubicación. 100% actitud.
Para resumir: nos pasamos telefonos y mails y durante la semana le escribí una de esas historias que desmayan corazones. Pero ella no tenía corazón, así que no se desmayó. Recordando aquello de 100% actitud la llamé y conseguí que acepte vernos una vez mas.
Nos encontramos en un bar de Canning y Santa Fe. Recuerdo que mientras la esperaba yo leía El banquete de Severo Arcangelo de Leopoldo Marechal. Despues de todo yo era un intelectual, le guste o no.

Finalmente llegó al bar y el bar se dio vuelta para mirar sus pantalones mientras yo me hinchaba como un sapo orgulloso. Fuimos a cenar a Piola, que en esa época estaba de moda y era lo más fashion que se podía pedir.
Pero la escena que representé fue de lo más patética que puedan imaginar: no tenía reserva de mesa, pero como conocía a alguien que me ubicaba sin problemas ni me preocupé. El detalle fue que esa noche la única mesa disponible era una mesa redonda para seis personas, así que nos acomodaron en esa mesa gigante a ella, a mi y a una pizza que, por mas fashion y glamorosa que sea, era una simple pizza con dos platos. Pedí un vino blanco solo para que me traigan un balde con hielo y así llenar un poco más la mesa.
A nuestro alrrededor los grupos reían y disfrutaban su noche, mientras yo pretendía una cena íntima sin conseguirlo. Encima tuve que agradecer que me hayan conseguido ubicación…

La cosa estaba lo suficientemente fría como para merecer ser abandonada en ese punto, pero para que el fracaso sea total despues de esa cena atroz fuimos a mi casa, nos portamos como dos adultos que hacen lo que tienen que hacer y a otra cosa.
El próximo llamado fue de ella para decirme frontalmente que no tenía sentido que nos sigamos viendo, que estaba todo bien pero que era inútil perder más tiempo. Todo dicho con su sonrisa de labios gruesos y su mirada de cuchillas traspasando mi corazón.

Cuando colgué el teléfono me tiré en la cama con la luz apagada. Recordé que ella tenía un lunar en el labio que no me gustaba para nada. Al final, casi ni merecía la película que me había armado. Así fue como la olvidé, hasta hoy que insisto en recordarla.

Saturday, November 04, 2006

La francesa

Virginie. Que pedazo de mujer. Francesa, elegante, pelo lacio y ojos mas dulces que Bambi. Digamos que con ella aprendí lo que significa ser un boludo. Así de simple. Con un par de palabras consiguió enseñarme en una sola noche que yo no era ni remotamente el titán que pensaba que era. Así aprendí a no creerme ni un poquito eso de que el hombre la tiene reclara y domina la situación.
La conocí en el Living, bailaba con alguien, me acerqué, empezamos a bailar los tres, ella hacía lo que quería y yo ponía cara de superado. La tomé como un desafío, a mi no podían ganarme esa noche. Estaba en mi mejor estado o eso creía. Pobre de mí.
El tema es que al final conseguí sacarle un teléfono y la promesa de vernos otro día. Internamente pensaba que estaba muerta, que no hacía falta más que un llamado y listo. Algo de razón tenía: la mina quería que yo la llame, pero de ahí en mas todo lo que propuse, hice y elegí estuvo equivocado.
Empecé por decirle que nos vieramos otra vez en el Living. Me dijo que en el Living no se podía pasar la primera noche con alguien a quien querías conocer, así que propuso ir a cenar. Uno a cero para ella. Lo tomé como un piropo, pero no me dí cuenta que de ahí en mas la iniciativa ya no era mía. ¡Y yo que pensaba que la estaba matando!

No sé adonde le dije de ir a cenar, pero seguro fue un lugar pedorro. No es que no supiera elegir lugares, pero el de ella estuvo mejor: propuso Morizono, un restaurante japonés que estaba en auge. Dos a cero para ella…
- No vengas en pollera, te paso a buscar con la moto- le dije. Supuse que moriría ante esta idea. Despues de todo ella ya conocía mi moto, y era una moto imponente, una de esas street-bike japonesas que cortaban el asfalto.
- Dejá la moto, te paso a buscar yo- dijo ella reduciendome a una pelusa.
En ese momento empecé a sospechar algo, así que dije un seco “ok”, arreglamos horarios y lugares (en realidad ella impuso el horario y el lugar) y a la hora indicada apareció con una cupé Renault 19 que en esa época era un auto para darse vuelta. Por supuesto, vino con una pollera de la que no me arrepentí. La cupé también estaba linda, por supuesto.

Llegamos a Morizono y descubrí de la peor forma mi total desconocimiento de la comida japonesa. Esperaba encontrarme con algún pescado, sushi, timbales de arroz y verdura, esas cosas. Pero ni siquiera podía pronunciar bien el nombre de la comida.
Al final ella dijo “a vos te va a gustar esto” y pidió un pescado raro con salsa de gengibre y pure de no se que, exquisito.
Eso sí, el vino lo elegí yo. Equivocado, por supuesto. Ni bien pronuncie la palabra “blanco” me miró con pena y me explicó didacticamente que la salsa de gengibre va mejor con vinos rosados. Que se yo, lo dijo con tanta seguridad que ni me defendí. En ese punto estaba tan sorprendido de que se me adelante a cada movimiento que simplemente me rendí.
- Nena, desde acá la noche es tuya, vos manejás- dije. Me dispuse a trabajar la situación desde el lugar de perdedor, sabiendo que así es mas facil disimular las derrotas. Un perdedor asumido no puede seguir perdiendo más todavía
- Acordate que el hombre sos vos- fue su lapidaria respuesta. Yo quise escondeme abajo del mantel y lustrarle los zapatos con la lengua. Así estaba ¿Dijimos 4-0? A esa altura yo había perdido la cuenta.
Pidió el vino en frances, pero como era francesa no lo ví como algo raro. Era su obligación.
- Hablame en francés- le dije para hablar de algo.
- ¿Vos pensás que yo soy una cajita de música?- respondió. No volvió a hablar en francés en toda la noche. Tuve que conformarme apenas con sus erres arrastradas.

Lo peor es que todo esto me lo decía con su carita angelical, con su mejor sonrisa, con su mejor onda. Si algo estaba claro es que yo le caía bien, pero yo pensaba que para caerle bien tenía que “hacer” algo. Totalmente equivocado, yo no estaba entendiendo nada. Ella había decidido que cosa iba a hacer conmigo antes de que yo pensara en respirar.

Después de la cena fuimos al Living. Ahí yo jugaba de local, no podía fallar. Insitía con lo mismo: tenía que recuperar puntos sí o sí. Lo estúpido que puede ser el hombre a veces no tiene límite: ella ni siquiera estaba jugando el partido.
Ni bien entramos fui a la barra a pedir algo. Ella no quería nada, así que se sentó en un sillón mirando (supongo que divertida) mi patética actuación tratando de parecer un ganador. Volví al sillón con mi vodka. Hablamos de cosas, ella estaba radiante y yo supuse que las cosas se estaban emparejando (¿había algo para emparejar?) hasta que en un momento se levantó, fue a la barra, pidió algo y al rato apareció el barman con un balde, un vino blanco frappè del Rhin y dos copas.
- Apurate con ese vodka que te enseño a tomar- dijo guiñandome un ojo. Mi sonrisa de bobo debe haber sido impagable. No sabía si odiarla o amarla para siempre.
Terminé mi vodka, y ya mareado enfrenté el vino. El sillón estab bien ubicado, discreto, en una zona con poca luz. Las copas brillaban y yo, entre mareado y entregado a su dominio, pensaba que más bajo no podía llegar, que ya estaba jugado y que así y todo los Mil Diablos del Infierno me estaban dando una mano: ella no se iba, y hasta parecía que quería quedarse conmigo.
Estuvimos así una hora, hablándonos, mirandonos, cazándonos. Copa contra copa, frente contra frente, nariz con nariz. Su pelo era el mas hermoso del salón, y yo me sentía difinitivamente en mi lugar.
Mientras sonreía como sólo saben hacer las mujeres que te duelen, se recostó hacia atrás en el sillon.
-¿Cuánto tiempo más vas a tardar en sacarme de acá? –dijo.
Yo intuí un principio de fastidio. Me dí cuenta de todo en ese segundo y pedí a esos Mil Diablos del Infierno que me permitan apenas una última carta. Me quedé frío, pensando en lo lento que había sido mi juego, en lo estúpido que había sido pensando en estrategias cuando la carrera estaba ganada desde antes de largar.
Fin de la noche, estaba cazando en el zoológico y ni me había dado cuenta.
No hablé mas, dejamos las copas y fuimos a su auto. Esta vez me dio las llaves. Un rato después estaba diciendome cosas al oído. En francés. Su pelo seguía tan perfumado como siempre.

A la mañana siguiente puso en el bolsillo de mi campera una foto de ella, escrita atrás en un francés imposible de leer.
Nunca más la ví. A veces pienso que tan mal no me fue.

Sunday, October 29, 2006

La artista

No me pregunten como se llamaba. Fue una de esas cosas de una noche y nunca más. Estabamos en El Living mi amigo y yo, bailando con la mirada de cazador atenta cuando entre la multitud detectamos una remera celeste ajustada, con un buen cuerpo adentro y una cara más que agradable arriba. Pero lo mejor era la forma de su boca, perfecta, llena de dientes blancos y con una sonrisa capaz de exitar a un monje. Mi amigo atacó, como casi siempre, pero esa noche yo estaba demasiado luminoso como para dejarme pasar.
El amor propio nacido de las ganas de ganarle la presa me inspiró, y con uno de mis famosos movimientos de hombro-brazo-pierna (el conocido paso house) me puse al lado de ellos hasta que quedó evidente que ese lugar era mío. Mi amigo hizo un par de intentos más, pero cuando ella me miró fijo suplicando “sacame a este boludo de encima” se dio por vencido. La noche era mía, y ella también.

Pero era Jueves. Y el viernes yo entraba al laburo a las seis de la mañana. Así que a eso de las cinco lo dije que me tenía que ir y la acompañé hasta su casa en taxi.
-Bajá que tomamos algo- escuché que me decia cuando casi estaba dispuesto a despedirme.

Acá es necesario hacer un paréntesis para explicar un poco la situación. La mina era ilustradora y trabajaba en una revista feminista de esas que no venden ni un número. Para conseguir algo mas de guita daba clases de dibujo en un taller compartido con mas gente. Como el lugar era grande y tenía onda con el dueño del taller, algunas noches se quedaba a dormir ahí escapando del quilombo de su casa. Ahora estabámos en la puerta del taller, y ella, después de una noche donde hicimos todo lo que se puede hacer en El Living, me estaba invitando a tomar algo ahí adentro, solos, rodeados de cuadros, pinturas, estatuas, cosas.

-Mirá, prefiero irme porque si entro nos vamos a colgar y voy a llegar tarde al laburo- le dije. Yo estaba convencido de que la mina estaba conmigo a muerte, y que si no era hoy era mañana. Estaba muy convencido de ser un ganador. Primer error.
-Pero dale, un ratito, tomás un te y te vas- insistió.
-No, en serio, me tengo que ir.
-Son quince minutos. Un te y te vas.
-No, yo me conozco. Me voy a colgar y se van a hacer las diez de la mañana.
-Y bueno, colgate y que se hagan las diez de la mañana- insistió ella, sonriendo con todos los dientes y aparentemente sin dase cuenta del boludazo que tenía enfrente.
El taxista miraba por el espejito de reojo.
-No, no, me voy. Te llamo el fin de semana y hacemos algo.
-…
-En serio, me voy. Te llamo mañana.
-¿Seguro que no querés pasar? Mirá que no hay nadie, no tengas miedo.
-No, me voy.

Y me fui. Durante el viaje a mi casa el tachero no hacía mas que decirme lo fuerte que estaba la mina, de insistirme para que me hubiera quedado, de convencerme de volver. Yo con toda mi luminosidad me reía y le explicaba que estaba todo bien, que la mina estaba conmigo y que prefería no perder el premio de asistencia en el laburo.
Imaginense el final.

La llamé a los dos días y me dijo que no me conocía, que nunca había escuchado hablar de mí y que de hecho ella nunca habá estado en El Living ese Jueves. Y todo con una sonrisa gigante donde le brillaban todos los dientes.

Saturday, October 28, 2006

La quebrada

Esta historia es una de las buenas. Es de una mina que me levantó a mi. En serio.
Yo tenía 28 años y estaba en una librería de Corrientes, de noche. No buscaba nada en particular, estaba mirando libros un poco al azar cuando vi las obras completas de Alejandra Pizarnik. Un buen tomo. Leí la contratapa y cuando quise investigar adentro me di cuenta de que estaba cerrado con ese plastiquito que le ponen para que no se ensucien las hojas. Me quede mirandolo un rato, viendo si podía abrir el plástico sin romperlo.
Al lado mío estaba ella, leyendo el único de la pila que no tenía ese plastiquito. Me lo dio casi sin hablar. Previsiblemente, dije gracias y empece a hojearlo.

-Es copado- me dijo.
Yo dije que si con la cabeza.
-Es re-oscuro, muy depresivo. Esta muy bueno.
Yo empecé a sospechar algo, pero no podía dar credito a mis fantasías. Llegue a dudar de que me estuviera hablando a mí. Mire a mi alrrederdor: no había nadie.
-Pasa que está un poco caro, si no lo compraría- insistió.

Ella seguia hablando y yo seguia en silencio. No podía creer que me estuviera hablando a mi. Al final me pregunto por el otro libro que tenía en la mano (una biografía de The Cure) y no me quedo mas remedio que romper la magia. Le hable, y pense que en ese momento todo se acabaría.
Pero no, parece que los Dioses me habían mirado con su ojo borracho y ella hablaba y hablaba. Con una excusa absolutamente inútil me pidió el telefono, asi que fuimos a la caja a pedir una birome y se lo dí. Por supuesto, compré el libro de Pizarnik. Nos fuimos caminando por Corrientes un par de cuadras y nos despedimos.

A la semana la llamo y me entero de que la había atropellado un auto. Le habían quebrado una pierna y tenía una cicatriz horrible. Hablamos varias veces mas hasta que pudo incorporarse y caminar y entonces me invitó a su casa. Vivía en Constitución, con sus padres. Apenas tenía 18 años y estudiaba abogacía. Me mostró su biblioteca y hablamos un poco de literatura. Ella sabía de que hablaba, y yo no sabía que hacía en esa casa.
En esa época yo estaba metido en fotografía, y acababa de ganar un concurso municipal para nuevas tendencias o algo así, así que tenía mis fotos colgadas en un teatro de la calle Cordoba. Como se acercaba el momento de descolgar, la invité al cierre de la muestra. El viejo juego de deslumbrar a la presa desde el lugar del artista moderno.

Después fuimos a mi departamento, y como mi fetichismo por las heridas insistía en querer sacarle fotos a su cicatriz, se sacó los pantalones. Así, sin ningun prologo. Era una delicia. Cuarenta y cinco kilos dentro de un cuerpo de 18 años. La cicatriz le corría desde la cadera hasta casi la rodilla. Se la habían hecho los medicos para meterle en el fémur una placa de metal, así que era una cicatriz prolija, con los puntos de la costura correctamente espaciados. Un lujo. Nos acostamos y yo no podía dejar de mirarle la pierna lastimada. Nunca llegue a sacarle fotos, pero qué ganas hubiera tenido.

Despues de esa vez no la vi mas. La llamé un par de veces, pero parece que los dioses ya no estaban tan borrachos.